Jueves 16 de Abril de 2020
 

Conducir en la tempestad

En situaciones límites, como las actuales, las organizaciones necesitan una conducción empática, que sepa adaptarse aún escenario inédito de inestabilidad e incertidumbre.
Administrar recursos en el marco de una pandemia es una tarea compleja. Los paradigmas cambian y los objetivos se modifican. Se presenta diariamente una secuencia de eventos de una dimensión y rapidez tales que producen desorientación y la sensación de pérdida de control.
El mundo ha sido sorprendido por un virus que produjo una inestabilidad generalizada. En días de extrema incertidumbre resulta clave poner reglas de juego claras:
-Establecer prioridades. -Adoptar modalidades de trabajo remotas. -Trabajar en equipo y con flexibilidad. -Comunicarse todos los días con el equipo.-Ser transparentes en la comunicación. -Fomentar la colaboración. -Estimular y dar seguridad a la gente. -Sostener las operaciones críticas.
La agenda de crisis del dirigente debe tener tres partes: gestión de crisis, funcionamiento operativo indispensable y motivación del equipo. La empatía adquiere particular relevancia para ayudar a los involucrados a entender qué está pasando y darles confianza para continuar.
Un mar en calma nunca hizo a un marinero experto. Quien comande en condiciones de incertidumbre extrema debe tener habilidades para atravesarlas con éxito atendiendo múltiples frentes de alta complejidad. La intuición sola no es suficiente. Desarrollar la cautela y la observación para entender cómo se desarrolla la crisis e ir tomando decisiones.
Las crisis de grandes magnitudes y escalas son dinámicas y se van desarrollando con imprevisibilidad. El tiempo de reflexión es decisivo, ya que el líder que se enfrasca en la vorágine, termina devorado por el ojo del huracán. Se trata de conducir: hacer llegar a tierra firme a un barco a la deriva.
En tiempos de crisis, la comunicación es clave porque sostiene el tejido comunitario. Se precisa de una coordinación y un lenguaje que ayuden a cohesionar a la gente. Nada de ambigüedades ni ironías. La palabra bien pronunciada une y motiva. Informar reduce la incertidumbre.
Se debe transmitir tranquilidad, seguridad y confianza. Se requiere equilibrio comunicacional, no transmitir exitismo ni pesimismo infundado. Reaccionar adecuadamente a contextos negativos es vital para ordenar la organización y motivar al personal y a los que toman contacto con ella.
Es la firmeza serena, no el autoritarismo ni la improvisación, la que deja entrever que quien está comandando esa nave en medio de la turbulencia conoce la importancia de lo que está en juego y tiene criterio para buscar las mejores alternativas.
Una virtud indispensable en medio dela oscuridad es que cada palabra aporte claridad y lleve confianza. Durante una crisis, la transparencia del líder es un valor primordial: ser claro en lo que se conoce, en lo que no se conoce y en lo que se necesita conocer aún.
Ser sinceros con la gravedad del asunto es una estrategia vital para actuar rápido. Es un error relativizar la situación.
Los gestos hablan más fuerte que las palabras. Quien lidera en la incertidumbre es observado por gente asustada que precisa seguridad y profesionalismo. Y la confianza no se sobreactúa ni se impone: la confianza se tiene y se transmite.
La empatía de quien comanda en medio de una crisis profunda debe considerarla debilidad y escepticismo de quienes le rodean. El respeto y la tolerancia ante el miedo ajeno son cruciales. En una crisis de gran escala, como la actual, la primera actitud humana es la de la supervivencia buscando asegurar las necesidades básicas.
La desesperación afecta a la gente. El conductor tiene que tener en cuenta que ahora está tratando con personas que están sufriendo la incertidumbre.
Las organizaciones deben prepararse para poder confrontar distintos frentes. Debe haber un equipo que se concentrará en situaciones extremas e inusuales, imaginando nuevos escenarios, soluciones alternativas y respuestas estratégicas. Otro equipo actuará sobre las tareas operativas necesarias e indispensables.
Y un tercer equipo se concentrará en la tecnología y la logística para aplicar las respuestas estratégicas, facilitar las operaciones críticas y hacer eficiente el trabajo desde casa.
Estamos ante una tormenta perfecta. Además de la propagación global del virus a gran velocidad, debemos agregar la parálisis de vastos sectores de la economía y la consecuente falta de insumos, la penuria financiera de muchos hogares y los efectos psicológicos que sobre las personas producen el confinamiento y la incertidumbre.
Son particularmente útiles las acciones tendientes a morigerar la incertidumbre. Informar todas las medidas que se toman. Indicar cuál es el rol que se espera de cada uno de los involucrados. Explicar cuáles la situación financiera para pasar la tormenta. Trabajar firmemente y de manera alineada y coherente con los objetivos de crisis establecidos y comunicados.
Si bien las crisis urgen y piden acción pura, un buen líder encontrará el espacio para poder reflexionar e interpretar la situación, analizar los distintos frentes que debe atender, y actuar en consecuencia.
La crisis del coronavirus en algún momento pasará. Y comprobaremos que una comunidad bien gestionada puede potenciar su rendimiento. La gente tiene muchos valores para dar y en saber aprovecharlos reside la capacidad de un líder.
No hay que esperar que venga una nueva crisis. Trabajando más en equipo de forma franca y transparente se alcanzan mejores resultados.
El aprendizaje puede ser enorme. Que esta tremenda crisis sanitaria, económica y laboral no pase en vano. Superada la tempestad, no podemos darnos el lujo de volver a la comodidad de nuestra zona de confort. Debemos sacar provecho de cada centímetro del camino que este virus nos está obligando a recorrer. Debemos exprimir esta crisis para extraer enseñanzas.
El coronavirus no será el fin del mundo, pero posiblemente sea el final de un ordenamiento al que nos habíamos acostumbrado.
Por Carlos Augusto Centeno

 

   
       
 
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