Jueves 4 de Junio de 2020
 

Clientelismo político
El peor virus

Se llama clientelismo político al manejo discrecional y selectivo de los recursos del Estado (nacional, provincial o municipal) por parte de algunos funcionarios, favoreciendo a los intereses de terceros (sus clientes) a cambio de apoyo electoral o contraprestación económica. Consiste en un intercambio no oficial de favores, que configura una forma reconocible de corrupción. Se trata de una verdadera gangrena social.
Así, el clientelismo favorece intereses privados mediante los recursos públicos, inclinando la balanza a su favor en procesos electorales, decisiones administrativas y fallos judiciales, mediante concesiones, licitaciones, pautas publicitarias, subsidios, nombramientos en la administración pública, etc. A la vez, estos funcionarios corruptos suelen emplear el poder adquirido mediante la práctica clientelar como una forma de castigo, para perjudicar a los que no respondan a sus intereses, mediante persecuciones y despidos en la administración (y en el sector privado), rechazo arbitrario de propuestas en procesos de adquisiciones y contrataciones, ensañamiento fiscal, demoras injustificadas de habilitaciones y trámites administrativos, etc.
Esto también tiene lugar cuando un político utiliza los recursos del Estado para promocionar su imagen, imprimiendo su nombre o su rostro en vehículos oficiales, cartelería de obras, productos de beneficencia y de planes sociales, etc., enviando un mensaje que sugiere explícita e implícitamente que dicha ayuda no es una labor del Estado sino una muestra de "generosidad" de parte del funcionario, que tendrá que ser retribuida. El votante deviene así en cliente y debe pagar la ayuda con su voto.
Bajo estas condiciones, el Estado no está operando en base a la imparcialidad y equidad de la Ley, sino en base a una relación directa con un grupo de clientes, es decir, algo más cercano a una relación comercial que a una relación democrática de gobierno. El Estado favorece a sus clientes, en vez de al conjunto de la sociedad. A cambio de dichas prebendas, los terceros favorecidos retribuyen al funcionario sus favores, a través de diversos mecanismos de apoyo: el voto, la financiación de campañas electorales, los pagos directos e indirectos, o simplemente el apoyo político abierto.
En forma general, el clientelismo ha permeado hace tiempo el sistema político argentino a nivel nacional, provincial y municipal, estableciendo relaciones jerárquicas desiguales, brindando protección, dispensa de favores o asignación de recursos públicos a cambio de votos. Y con la misma fuerza oscura, anula y desvirtúa el empoderamiento de la ciudadanía y su participación en los asuntos y políticas públicas.
La relación de los clientes/vasallos con los gobernantes no se sostiene sólo en su interés por los favores que pueden recibir a cambio de su adhesión, sino que está basada en la concepción mental que aquellos se van formando a partir de su experiencia en el tiempo respecto del funcionamiento del sistema. El intercambio clientelar tiene así un efecto persistente sobre las expectativas de dos sectores sociales: los más desprotegidos, que se incrementan bajo este sistema, y de aquellos pocos privilegiados que siempre se benefician de sus prebendas.
El sistema se refuerza y fortalece bajo el conjunto de creencias, presunciones, decepción, inacción e indiferencia de la sociedad por una parte, y de estilos demagógicos, habilidades, marketing, ilusionismo, sensación de impunidad y desfachatez de los gobernantes, por la otra. Un verdadero círculo nocivo que impide la realización de la sociedad. Estos factores consolidan la relación, y disimulan su carácter de transacción y el hecho de que se trata de una forma de abominable intercambio comercial. En el clientelismo la irregularidad y falta de simetría caracterizan la relación gobernante-cliente.
Las necesarias redes de punteros políticos se integran con afinidades personales del funcionario dadas por la pertenencia común a círculos de vínculos familiares, partidarios, religiosos, deportivos o sectoriales. Todos nombrados con algún cargo en el Estado.
Este virus encuentra el hábitat ideal para su desarrollo en sociedades indiferentes y contextos públicos con controles deficientes, dirigentes y colaboradores sin valores democráticos y medios de comunicación "domesticados" con la pauta oficial. Todo lo cual se agrava con la obtención de amplias mayorías legislativas, a través de los citados métodos clientelares. Este mecanismo que anula a la democracia e instaura un régimen autoritario, direcciona a su antojo los recursos estatales como si fueran propios y aspira a eternizarse en la función pública. Se trata de un sistema de gobierno con cáscara democrática y núcleo monárquico-dictatorial.
El virus del clientelismo político es el peor de los virus, ya que convierte a los infectados en zombies que, buscando un pequeño beneficio propio, condenan a toda la sociedad a un destino de carencias y estancamiento.
Sin embargo, la vacuna está en nuestras manos: informarnos, participar de la vida pública, exigir a las autoridades el cumplimiento de la ley y elegir a los gobernantes sin ataduras de vasallazgo. Como en el "dilema del prisionero", todos ganan (la sociedad como un todo) si no sucumben a las ataduras que implica el clientelismo (en cualquiera de sus formas). Esto puede ser revertido, es posible una nueva gestión pública caracterizada por la transparencia, la mayor participación ciudadana y la rendición de cuentas. Depende de nosotros.
Carlos Augusto Centeno

 

   
       
 
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